Con relación al silencio de Dios sólo el hombre de fe y de oración es quien puede confrotar el silencio divino, la aparente lejanía o indiferencia del Dios vivo, pero siempre consciente y esperanzado en su palabra.
El silencio de Dios es siempre amargo, ambiguo y misterioso, pero fundamenta y hace posible la respuesta libre y gratuita del hombre hacia Dios.
Sólo el hombre de fe auténtica es capaz de reconocer a un mismo tiempo la ausencia y presencia de Dios.
Padre Albino Navarro N.